El Libro de la poesía
LA POESÍA Y EL SENTIMIENTO
HAY muchas personas que consideran inútil el leer poesía, por creer que ningún bien inmediato puede reportarles. Por eso es que dicen que no pueden leer versos, que no tienen tiempo para ello. El caso es que nunca lo intentaron seriamente. Pero como nosotros tenemos a la poesía un verdadero amor, un amor creciente, no podemos contarnos entre esas personas para quienes la poesía es algo superficial y sin importancia, una cosa sin valor positivo. La poesía sirve para afinar nuestra sensibilidad, poblando de bellas imágenes nuestro pensamiento: de modo que amándola y entendiéndola nos ponemos en la situación de descubrir los aspectos más bellos de la vida, que nos será tanto más grata cuanto más hermosa llegue a parecernos. Tiene, pues, una utilidad considerable leer poesía. El hombre incapaz de sentir y gozar sus bellezas es algo así como el ciego, para quien no existen las magnificencias de la forma, de la luz y del color: un infeliz, condenado a tener una noción imperfecta de la vida y el universo.
¿POR QUÉ DEBEMOS LEER A LOS POETAS?
DE la misma manera podríamos preguntar por qué cantan los pájaros y por qué nos gustan tanto sus trinos. Natural es que aquellos que tienen amor a la música amen igualmente los buenos versos. Uno de los sentimientos más nobles de la naturaleza humana es el sentimiento estético. Este sentimiento de lo hermoso y elevado nos dignifica y ennoblece, y ha contribuido considerablemente a impulsar nuestra civilización. De jóvenes le tomamos a la vida más gusto y afición que de viejos, y así el amor a la poesía, en nuestra juventud, es tan natural como el gusto de los sonidos gratos al oído, del perfume de las flores y de los maravillosos juegos de luz de una puesta de sol.
La poesía expresa, con insuperable viveza y animación, cuanto tiene la Naturaleza de glorioso. No hay medio de expresión que iguale en intensidad al lenguaje que hablan los poetas. Una espléndida puesta de sol nos emociona, cuando la vemos con nuestro propios ojos; nos emociona también si nos la ofrece un artista reproducida por sus pinceles; pero nos emocionará más si la encontramos descrita por un buen poeta; pues éste, sirviéndose de la magia de su lenguaje, usando las palabras más bellas, insinuantes y musicales, nos hará ver en la puesta del sol pormenores que antes se nos pasaron inadvertidos; y el mismo espectáculo grandioso se reproducirá en nuestra fantasía, además de bello, elocuente. Esto sólo puede conseguirlo el poeta, que sabe dar luz y música a sus palabras.
Por eso volvemos a decir que quien no haya sentido nunca el amor a la poesía, desconocer uno de los placeres más legítimos y más grandes que puede ofrecer la vida. Una de las cosas que hacen al hombre superior a la bestia es este poder de percibir e interpretar las maravillas de la Naturaleza, descubriendo las secretas relaciones que unen a los seres todos del orden físico, intelectual y moral.
Los buenos poetas son pocos, y sería necio suponer que, por el hecho de saber nosotros cómo se riman las palabras unas con otras, podemos escribir buenos versos. La poesía no consiste en la rima solamente, y aun se da el caso de que abundan mucho los hábiles versificadores, que hacen excelentes versos, pero no verdadera poesía, por carecer de la necesaria inspiración.
Lo que sí está en nuestra mano, y a ello debemos aplicarnos, es leer y comprender bien la buena poesía. Esto depende de la afición que en nuestra juventud cobremos a las composiciones poéticas inmortales, afición que irá en aumento al paso que vayamos comprendiendo el mérito de dichas composiciones y su valor moral.
Hemos dicho ya que la poesía es la música de todas las palabras, pero esto no es decirlo todo. Es también la música del universo. En todas las obras de la Naturaleza vibra una armonía infinita, que el poeta comprende y describe, trasladándonos su impresión del mundo, por medio de su admirable elocuencia. Un hombre de talento corriente no comprendería por sí mismo la armonía del universo; el poeta es, en este aspecto, su guía y su maestro.
Decía en cierta ocasión un poeta, hablando de otros grandes poetas, que su pensamiento alcanzaba la altura de las más elevadas montañas y que sus cabezas eran besadas por el sol, antes que éste alcanzara al resto de la humanidad. Si muy de mañana nos hallamos en el campo y tenemos ante nosotros una cordillera de montañas, veremos que el sol dora primero las más altas cumbres, con su luz radiante. Así ocurre con los grandes poetas, los
hombres-cumbres.
Por esto, ellos nos ayudan a penetrar con sus obras en lo íntimo de la Naturaleza, comunicándonos algo de su percepción sutil. Puede decirse que nos prestan sus ojos, para que veamos mejor la belleza de las cosas. Y a la vez nos prestan también su corazón, su fina sensibilidad, que llega a nuestra comprensión, mediante el lenguaje poético, mucho mejor que a través de los escritos prosaicos. No hay un modo mejor de educarse espiritualmente que ponerse en contacto, por medio de la lectura, con los grandes talentos que se maduraron viviendo la vida en sus horas sentimentales de esperanza, de dolor, o de alegría. La poesía sirve para hacernos sentir y comprender la vida en todas u intensidad e infinitos matices.
Bendigamos, pues, a la poesía y a los hombres que supieron expresar sus sentimientos poéticamente; porque ellos serán nuestros amables compañeros en nuestras horas de soledad y meditación, dulcificando nuestra propia melancolía con la música de sus versos. Serán los poetas nuestros mejores amigos si nosotros lo somos de ellos, y con sus nobles palabras consolarán nuestro dolor y nuestras dudas en los momentos de desaliento, que ningún hombre logra evitar. Nos describirán con bellas imágenes las bellezas del mundo, y las múltiples facetas del espíritu humano, y contribuirán a preparar nuestro corazón, haciéndolo fuerte y generoso, para la lucha por la vida.
Extraído de EL TESORO DE LA JUVENTUD o ENCICLOPEDIA DE CONOCIMIENTOS, Tomo V, p 1575. Sección "El Libro de la Poesía". - W.M. JACKSON, Inc., Editores.